1.7.18

LA MUERTE VIAJA EN UNA OLIVETTI


Noticia preliminar

Ralph Endicott, de origen estadounidense y sin más datos de filiación, fue hallado muerto de bala en horas de la tarde del 16 de junio, a un costado de la Ruta 11, en las afueras de la ciudad de Resistencia, provincia del Chaco. 
El occiso presentaba dos impactos, presumiblemente de calibre 38, en el espacio intercostal izquierdo, uno de los cuales perforó las aurículas provocándole la muerte.
El cuerpo se encontraba en posición decúbito dorsal, semioculto en los últimos dos párrafos de un cuento titulado “La muerte viaja en una Olivetti”, cuyo autor se trata de individualizar.


I


Viejos sueños de papel

A Ralph Endicott le fastidiaban los atardeceres y las mujeres excesivamente flacas. Lo sabía demasiado bien y sobre ese andén había todo eso: un atardecer y muchas mujeres flacas.
Buscó un banco vacío, se sentó y apoyó su maleta contra un basurero. Aflojó el nudo de la corbata, con ambas manos estiró hacia afuera los puños de la camisa e intentó un gesto resuelto, distraído.
El aire empañado y sucio de la estación flotaba fosfórico, casi triste, teñido de humo y voces muertas. Debajo de su viejo traje de gabardina azul se sentía un marciano en Buenos Aires.
Mundo de mierda, dijo a nadie Ralph Endicott. Se sorprendió alentado, como abrigado por “mundo de mierda”. Lo repitió y tuvo la impresión de haberse bebido un doble de Old Forester, sin hielo, claro.
El andén se empezaba a llenar: hombres, valijas y humo. Resopló la locomotora, los pistones le apuraban el asma. Echaba nubes de vapor entre las ruedas como quien dice cosas sin sentido. El olor ya era insoportable. Cualquiera hubiera dicho que estaban fritando grasa sobre los rieles. Hacía frío y Ralph Endicott tenía hambre. No probaba bocado desde dos días atrás y a su edad eso era injusto. Se hallaba sin empleo y sus últimos pesos los había jugado en una apuesta en la que no creía: viajar al Chaco.
Ralph había sido personaje secundario en una novela de Scott Fitzgerald, en Hermosos y malditos. Nada importante por cierto, sólo un extra anónimo que cruza por White Plains. Así y todo, fue su trabajo más significativo. Trabajar para el talento de Scott había sido un placer. Odiaba un poco a Zelda. Jamás se borraría de su mente aquella noche en que Zelda, borracha como una cuba, discutió con Scott sobre el pasaje donde Ralph aparecía. Poco faltó para que su presencia en Hermosos y malditos se fuera al demonio. Borracha, murmuró Ralph, borracha y cagadora.
Desde entonces, la suerte le había mezquinado oportunidades. Sólo papeles sin relieve, intrascendentes, en historias de escritores fracasados, incapaces de unas cuartillas más o menos doradas. ¿O es que acaso alguien recuerda a Archibald Dawn, por ejemplo, o a Denisse Murphy? Sólo escoria, pésima literatura.
Dawn fue el único que llegó más allá de la esquina de su casa: su cuento Ruedas de asfalto fue premiado por The New York Review of Books, en 1947. Y hasta le pagaron trescientos dólares. Allí Ralph hizo de jardinero en un dra­ma doméstico con aristas policiales ubicado en la clase alta de Bay City.
Echó una ojeada a su reloj. Aún faltaba media hora para que su tren se pusiera en marcha. Abrió su anotador y revisó una vez más el nombre del escritor que le habían recomendado visitar. Hace calor en el Chaco, Ralph, le habían dicho.
Es como un trópico: mosquitos, plantas verdes, enormes, que impresionan como venenosas; serpientes, mujeres morenas, mucha cerveza y noches pegajosas. Y sobre todo, historias de campesinos, seguro. Ojalá te vaya bien, le habían dicho.
El maldito olor a estación lo estaba descomponiendo. Le dolía la espalda, aunque más le molestaban las tripas vacías. Era tan desconsolador como ver el Madison Square Garden deshabitado. O peor.
Se recostó contra el respaldo del banco y decidió que el único basurero era el andén. Había de todo, un supermercado de inmundicias: desde vasitos de papel abollados hasta una sandalia que debió pertenecer a Cleopatra. El basurero metálico de su lado, comparado con el paisaje, parecía un quirófano.
Un tipo ridículo de traje de franela gris perla con un clavel mayor que una dalia cruzó frente a Ralph y lo saludó con suave cortesía.
Con Denisse Murphy logró atravesar la década del cincuenta sin apurones. Denisse era una fotógrafa de Kansas que intentó la literatura. Sus cuentos eran muy malos y su única novela todavía debe servir para amenazar a los niños que no quieren tomar la sopa. Hizo de todo con Denisse: mecánico que va a la guerra y es herido en el Pacífico, un amante ocasional de Brenda en Agua de nácar, cuencos de plata, y hasta personificó a un sargento de policía que arresta al doctor Zweig, cortándole una brillante carrera de estafador de corazones femeninos. Por temor a pasar hambre es que duró tanto tiempo entre las insulsas páginas de Denisse.
Durante los años sesenta las cosas cambiaron. En New York se vivía una verdadera epidemia de novelas y cuentos. Los muchachos se las traían, querían contar todo de golpe y de paso le hacían ojitos a Hollywood.
De aquella época recordaba con emoción esa mañana en que poco faltó para ingresar en un texto de Norman Mailer. Hubiera sido consagratorio, pero no pudo ser. El relato La traición y la duda fue destruido por Mailer después de que se intoxicara con una buena cuota de Seconal.
Sobre el andén las cosas iban de mal en peor. La noche rojiza de Buenos Aires lanzaba lenguas negras en los rincones y los fluorescentes lloviznaban su luz dura, de hielo, sobre viajeros y parientes que chillaban como si la despedida les importara. Un hombre se le acercó y le pidió fuego. Ralph creyó que merecía fumarse uno. Le quedaban seis cigarrillos más un atado, el último, un Lucky envuelto cuidadosamente entre sus camisetas: era todo su capital.
Chupó el cigarrillo y dejó que el humo escapara por la nariz y la boca. Lo necesitaba. Se sentía decididamente mal, abandonado en un mundo desconocido, sin más armas que su experiencia.
Su gran amigo Meggs Gilmore, protagonista de tantas novelas de misterio en los fines de los cuarenta, había dejado todo para refugiarse en una biblioteca de Chicago. El Chaco sonaba a Chicago. Ligeramente feliz, hizo un orificio de su boca y comenzó a silbar “You are my sunshine”. Sonrió, porque a Charles W. Smiley le gustaba teclear su vieja Underwood tarareando ese tema. Smiley era un gran caso de estupidez. Se creía el heredero de Hemingway. Si bebía como un corsario no era por otra cosa. Se ufanaba de conocer a Tom Wolfe y no era cierto. Ralph había trabajado con Smiley en dos relatos. El único que merecía algún recuerdo era “Escenas macabras”, publicado por The Horror Magazine. El otro, “Luces bella, Ligeia”, fue comprado por un editor de Boston al que le faltaron las agallas para llevarlo a una imprenta.
La locomotora relinchó y volvió a descargar vapor como si se fuera enardeciendo de a poco. Chaco, dijo Ralph, y se levantó cargando su maleta. Buscó en su bolsillo y extrajo el pasaje. Vagón 9, asiento 94. Marcado con tiza rápida, el vagón mostraba un 9 enorme. Ascendió. Llegó hasta la butaca 94, ventanilla; acomodó la maleta en el contenedor aéreo, se alisó el saco y se sentó con un bufido.
Su asiento no daba al andén, lo cual le pareció perfecto. Odiaba las despedidas. Su paisaje era penumbroso, daba a otros andenes gemelos, cruzados muy de vez en vez por siluetas atareadas en cuestiones incomprensibles. Se repasó el pelo con la mano y una vez más sintió el alacrán del hambre tironeándole el pellejo del estómago. El escritor del Chaco acabaría con ese monstruo. Carne asada, ensaladas y sopa bien caliente. Tal vez whisky. No sería Old Forester pero tendría lo suyo. Y café, mucho café. Más allá los rieles se enturbiaban, mezclándose. Sólo Dios o un escritor sabrían hacia dónde marchaba esa maraña.
El tipo ridículo de traje de franela gris con enorme clavel en la solapa se acomodó en uno de los asientos del costado. Volvió a sonreír con un leve golpe de cabeza. Un idólatra de los buenos modales, evidentemente. Ralph le devolvió una sonrisa tan expresiva como un cenicero de plástico. El tipo ridículo pareció apaciguarse y se reclinó contra el respaldo, blandamente, como si estuviera convencido de que el mundo es una delicada pelotita de algodón.
Sus últimos trabajos habían dejado mucho que desear. Bien pagos pero detestables. El Puente y los álamos de William Corso (un asco) y Réquiem para Zoe, fiasco experimentalista a cargo de uno de los pesos pesados de la neurosis: Donald Pearson. Ralph casi enloqueció con Pearson: lo hacía beber Coca Cola vestido de astronauta durante el velorio de Zoe, y en el capítulo final –que en realidad era el principio– no había hecho otra cosa que tropezar entre adjetivos poco felices y batallado con una puntuación tan arbitraria como demente. Si alguien intentó comer un helado de látex, sabrá de qué se trata Réquiem para Zoe. Es que había que durar hasta tanto se abrieran las puertas doradas de la gran oportunidad. Algún día tendría que llegarle. Como a su amigo Dave Garrison: de personaje más que secundario a semi protagonista en Féretros tallados a mano. Si bien fue muy duro trabajar para Truman Capote, aquello fue un golpe de suerte.
No acertaba a saber si era el cansancio o una corazonada; lo cierto es que Ralph notaba una inquietud eléctrica en su cuerpo. Conocía demasiado bien los climas y los tempos de los cuentos. Desde su asiento olía que algo no caminaba bien, como que algo se había puesto en marcha sin su consentimiento. Siempre que fue contratado, Ralph impuso como condición saber de antemano su suerte. No soportaba verse expuesto a un destino desconocido. Era una regla de oro. No se explicaba cómo hacían los autores para vivir ignorantes de lo que pasaría con ellos un día después de una página.
Desasosegado y difuso, los ojos arenosos por el sueño, vio sobre un lejano andén a dos ininteligibles hombres hablando. El corazón le dio un vuelco. Por un instante supuso que el tema de aquella distante charla era él mismo. Giró el rostro hacia el hombre ridículo y se serenó: leía un diario.
El alarido de la locomotora lo despabiló. Los chorros de vapor crecían a los costados del vagón. El tren trepidó como si los metales se hubieran encolerizado. Pero todo quedo allí. Le llegaban, ajenos y afilados como pequeños vidrios molidos, los rumores de las despedidas en el otro lado. Entrecerró los ojos, y al rato Ralph dormía profundamente. La barba le crecía desde hacía trece horas y ya le sombreaba la mandíbula. Una mueca negligente había quedado congelada en los labios finos.
El vagón viajaba con poco pasaje. Ningún niño, unas pocas mujeres y otros tantos hombres que, minutos después, atacarían patas de pollo, empanadas, se engrasarían las manos y beberían de botellas recubiertas con pudorosos papeles de diario. El tren se puso en marcha.
Buenos Aires empezó a desaparecer entre relámpagos de neón. Ralph roncaba. Las luces parpadearon y el vagón quedo semi iluminado. Algunos fumaban y miraban la ventanilla rugiente, ciega, mientras cruzaban la noche. El hombre ridículo del traje de franela gris con enorme clavel en la solapa, cruzado de piernas, envaneciendo el cuello, más parecía asistir a una velada del Colón que a ese traqueteo isócrono que zarandeaba el vagón. Un viento de orines llegó desde el baño. Aquello ya era un viaje.
Cuando el hombre grandote, vestido de sobretodo de pelo de camello, estaba por arrojarlo al acantilado y Sheila hojeaba un libro del cual chorreaba una sangre oscura y humeante, Ralph despertó. Su pecho subía y bajaba al ritmo de una rumba. La boca parecía de piedra pómez o una cloaca. Calambre en el brazo izquierdo, chirridos y telarañas en la nuca, los párpados de plomo, la sensación de que su pelo servía de nido a una gallina gorda: Ralph se sentía menos un hombre que una desvencijada máquina de coser. Se encaminó hacia el baño.
n la fría sombra del pasillo, un hombre fumaba recostado en el aluminio del lavabo. Ralph lo rozó al entrar al baño. Orinó largamente, sin respirar: aquel aire competía en peligrosidad con el de Hiroshima, minutos después de la bomba. Se lavó la cara con el chorrito mezquino de la canilla. El hombre que fumaba en la sombra existía sólo por la brasita del cigarrillo.
Ralph regresó secándose con el pañuelo. Meneó la cabeza. Algo no encajaba en ese viaje. Quién demonios me garantiza que ese escritor del Chaco existe. Recordó que fue un tal Erdosain quien le garabateó el nombre en una servilleta de la confitería Las Violetas. Erdosain. Un tipo exitoso en este país. Protagonista de varias novelas, medio raro, más que raro, extraño. Viejo y algo excéntrico, vivía de recuerdos, retirado y haciendo beneficencia. Sintió piedad por la noche. Encendió un Lucky. El humo le hizo toser. Le dolía la espalda y su estómago estaba invadido por cientos de hormigas que le comían las paredes. Se estiró cuanto pudo y dejó que sus ojos resbalaran en la noche. Jirones de niebla espesa rayaban la oscuridad. Por qué soñar con Sheila, justo ahora. No Sheila O’hara sino Sheila Hambletton, la que hizo de enfermera secundaria en Adiós a las armas. Nada menos que con Hemingway. Ella fue algo fuerte en el corazón de Ralph Endicott. No pudo ser. Eso es todo. Estaba loca por Manny Foster, un tipo sin escrúpulos que vivía de personaje en novelas porno y coqueteaba con los intelectuales del Village. Qué piernas las de Sheila.
Todo estaba tan lejano.
El hombre ridículo del traje de franela gris ahora se dedicaba a parecerse a un profesor de Princeton observando una clase de estética. Reclinado sobre un melancólico puño miraba al vagón sin muestras de ningún cansancio. Sus ojitos huidizos de intrigante, de tanto en tanto, tocaban a distancia a Ralph y ascendían rápidamente como si buscaran mariposas del Amazonas a mitad del techo. Ralph apagó la colilla contra la suela de su zapato, se frotó la barbilla, bostezó y volvió a dormirse.
No se despertaría hasta las siete de la mañana.


II


Ganándose la vida a golpes

Su pasaje, señor, dijo la voz. Ralph vio todo verde. El aire verde quemado por cigarrillos. Un aire de cuerina verde. Las quemaduras de cigarrillo eran cráteres veteados de negro y marrón. La mano estaba a diez centímetros de su nariz. Había amanecido. La luz golpeó sus ojos. El inspector de pasajes seguía extendiendo la mano. Se arregló el pelo mecánicamente, se incorporó en el asiento. Buscó el pasaje y se lo entregó. Con dos clics el inspector lo perforó y se lo devolvió. Ralph se desperezó y bostezó con un gemido fastidiado. La mañana era nublada y según su reloj eran las 7,05. El frío lo obligó a ajustarse la corbata. ¿A quién se le ocurre quemar con cigarrillos el asiento delantero? Con pesadez admitió que no estaba atravesando el mejor momento de su vida. Volvió a desperezarse.
El tren se encontraba detenido a la vera de una estación, en mitad del campo. Una gorda discutía con un viejo enfermizo y flaco. Una lucha desigual. Dos gallinas y un gallo patrullaban el andén invadido por el pasto. Las tripas vacías gimieron y Ralph lo lamentó más que ellas.
El hombre ridículo estaba parado a su lado, con el traje de franela gris impecable. Notó que el clavel o estaba agonizando o ya era un hermoso cadáver blanco.
—Buenos días —dijo con voz limpia el hombre ridícu­lo—; como estamos solos en el baile de este viaje, pensé que podría invitarlo a desayunar en el coche comedor, si no lo toma a mal, por supuesto. Ralph lo miró desconcertado. Por favor, insistió el hombre ridículo. La invitación lo salvaría de una muerte segura: el estómago de Ralph ya era una pasa de uva. Dijo que sí, cómo no, pero antes me mojaré la cara. El hombre ridículo sonrió satisfecho.
En los lavabos del pasillo no quedaban rastros del fumador nocturno. El agua caía por gotas. Se restregó los ojos y logró juntar la suficiente como para hacer un buche. Cuando escupió creyó que allí se iban los pedazos de noche que había tragado mientras roncaba.
El coche comedor distaba dos vagones. Los pasajeros que vio al pasar se le ocurrieron siluetas de papel recortado mecidas por una brisa que ayudaba a convencerlo de que estaban vivos. El hombre ridículo caminaba detrás de Ralph, oliendo a lavanda. En el cruce entre un vagón y otro, el hombre ridículo arrojó el clavel muerto por una de las vertiginosas puertas. Todo dura tan poco, suspiró.
Un detalle llamó la atención de Ralph. El hombre ridícu­lo, tan Princeton, tan Míster Modales, parecía simular esa prolija condición. No atinaba a determinar qué resquicios de él alentaban esa sospecha. La puerta de madera del coche comedor le interrumpió los pensamientos.
Se sentaron a una de las mesas. Dos cafés con leche completos. En la mesa vecina, una mujer pecosa, rubia-huevo, mojaba una medialuna gigante en su taza. Frente a ella, un marido gordo, calvo y rosado, hablaba a las moscas. Más allá, un solitario de campera color ratón fumaba al borde de una taza de café negro. El resto de las mesas estaba vacante.
—Mi nombre es Larsen —empezó el hombre ridículo—. Soy uruguayo y viajo al Chaco por negocios.
Se desprendió el saco y con un golpe de mano abrió los faldones. Ese movimiento dejó al descubierto, fugazmente, la cintura gruesa de Larsen. También, la culata de una pistola.
Larsen hablaba de importaciones y exportaciones, desinteresado por saber quién diablos era Ralph. Como si ya lo supiera, pensó. Ralph anotó mentalmente: mi acento extranjero tendría que haberle despertado curiosidad; ¿es un char­latán vocacional o habla tanto de sí para que yo no sospeche nada?; ¿qué cosa podría sospechar yo? Llegaron los cafés con leche.
Ralph, en ese instante, escuchó que Larsen le comentaba que era gerente general de Astilleros Petrus, en una ciudad llamada Santa María. El mozo estibó sobre la mesa los desayunos y se retiró luego de recibir un afable gesto de Larsen, versallesco, excesivo.
Ralph devoró sus medialunas y bebió el café más pausadamente. Larsen casi no tocó su desayuno. Simplemente hablaba y hablaba, melifluo y educado como un Phi Beta Kappa demasiado presumido.
No cuajaba esa pistola en un gerente general de lo que fuere. Y en líneas generales, nada cuajaba con nada. Ralph se preguntó qué cosas sospechaba su maldito cerebro. En ese instante en que la realidad parece bajar los brazos, Ralph pudo observar, sin estupor ni sorpresa, de qué modo la luminosidad gris de la mañana roía la costra afectada con que Larsen se embadurnara durante el viaje. La sonrisa de Larsen ahora aparecía cruel y sus carnosos labios no podían ocultar más el brillo perspicaz de la saliva. La papada empolvada y los brazos cortos se movían con delicada pesadez, al compás de una voz que parecía costarle falsificar. Como una crisálida monstruosa, el hombre ridículo del traje gris perla daba paso a un Larsen definitivo, obsceno, irreparable. Ralph fue sacudido por un escalofrío. Tom Malgash le había comentado alguna vez que los verdaderos rufianes, los más arteros y peligrosos –cualquiera sea la trama– en el principio de las narraciones aparecían distraídamente aburridos, insospechados. Ralph dio por terminado el desayuno. Usted disculpará pero no me siento bien, dijo Ralph. Larsen no sólo no objetó sino que lo ayudó a excusarse. Regresaron al vagón.
Cuatro horas después del desayuno, Larsen insistía con sus atenciones: un cigarrillo, el diario, etc. Ralph creyó necesario despabilarse en el aire helado del pasillo. Junto a la puerta de los lavabos fumaba el solitario de campera que había visto en el coche comedor. El fumador nocturno, pensó.
El violento viento que arrachaba el pasillo hizo reaccionar a Ralph. Tenía que pensar.
Se recostó a dos pasos del fumador solitario y vio todo más claro.
Maldijo a Erdosain. Viejo traidor. Si todo era como se imaginaba, estaba metido hasta el cuello en un cuento. Erdosain lo había entregado por un puñado de billetes o, tal vez, por simple placer. El viejo y simple placer de traicionar. Lo que lo abismaba era que desconocía la trama.
Sólo tenía claro una cosa: él era la presa. En este punto, el corazón le retumbó en el pecho. De ser todo así, se trataba de su primer papel protagónico. Una parte de Ralph vivía una turbia alegría, la otra maldecía el precio de esa gloria. Erdosain le había conseguido empleo de muerto.
Encendió un cigarrillo, el último de ese atado. Pálido y sombrío, clavó sus ojos en el paisaje lleno de árboles, campos y vacas veloces. ¿Cómo no se dio cuenta antes? Viejo Ralph, ya no sos el de antes. Sencillo. El bastardo que está tecleando, persiguiéndome renglón tras renglón, ha sabido crear esos climas tan familiares en mi pasado. Tosió. Me siento un estúpido pececillo. Y ahora me estoy ahogando en mi propia agua.
Nadie lo ha hecho antes, sé que es difícil, pero lo intentaré: no dejaré que acaben con el viejo Ralph Endicott.
Tiró el cigarrillo y volvió sobre sus pasos. El fumador solitario seguía con su guardia silenciosa y tabacal. El tren se detuvo. El sol de las doce calentaba la estación polvorienta. Ralph sentía el ardor duro del pedregullo debajo de sus suelas. Hacia donde dirigiera su vista, la respuesta eran pastizales, campos planos interrumpidos por esporádicos grupos de árboles. Podría ser su oportunidad: escaparía hasta localizar una carretera y desde allí todo sería más fácil.
Lentamente se encaminó hasta la caseta de maderas podridas. Por la ventana, vio al encargado de la estación ocupado en una transmisión telegráfica. Ganó la parte trasera de la caseta y sus ojos chocaron contra una camioneta Ford que, a veinte metros, esperaba vacía bajo un árbol tieso y alto. Comenzó a marchar hacia el providencial vehículo. No quería correr: sería mejor hacerlo con calma, sin ruidos ni estampidas.
—Pero Ralph, ¿por qué nos deja? —la voz de Larsen era socarrona y dura.
Cuando el tren reanudó su camino, Ralph sabía dos cosas: que Larsen estaba dispuesto a cualquier cosa y que si deseaba zafar de la ratonera tendría que pelear bastante.
Larsen dormitaba o simulaba un sueño. Ralph decidió imitarlo. Su boca parecía segregar una saliva seca, espumosa, de ácido muriático.
A media tarde, el inspector de pasajes volvió a hacer su recorrido. El tren avanzaba entre altas paredes de polvo y bajo un sol aplastante, a pesar de la hora. Eso era el Chaco. El frío se había disuelto entre los fulgores y contraluces de ese corredor del infierno. Esa luz despiadada le impidió mantener los ojos cerrados por mucho tiempo. Se hallaba a dos horas de Resistencia, el punto final.
No sólo no había dormido o simulado un sueño sino que se había agotado imaginando fugas, trompadas contra Larsen, y también los balazos de Larsen reventándole las tripas. ¿Por qué no golpeó a Larsen cuando éste lo sorprendió yendo hacia la camioneta? Se dejó confundir. Como si todo estuviera dicho entre ellos, Ralph y Larsen regresaron al tren, nerviosos, bromeando, estremecidos por la tensión y el odio. Ralph buscó a Larsen de reojo.
El ex hombre ridículo no se encontraba en su asiento. Ralph respiró hondo y salió en busca de un nuevo agujero para huir de esa pesadilla. Antes de ingresar al pasillo se preguntó cómo se llamaría este cuento. Aunque era imposible, creyó sentir el repiqueteo de las teclas sobre su espalda.
Cruzó el pasillo envenenado de orines y al abrir la puerta del vagón contiguo una muchacha llevó por delante a Ralph. La contuvo con sus brazos e impidió que trastabillara. Ella acomodó la mata rojiza de su pelo y estacionó un par de ojos de lapislázuli sobre Ralph. Perdón, dijo la pelirroja y, bruscamente, su cara se llenó de asombro. Era bonita.
— ¡Oh! ¡Pero usted es Ralph Endicott! —exclamó la chica—. Deseaba conocerlo, sé que usted tiene mucha experiencia en esto. Yo estoy empezando, ¿sabe? Éste es mi segundo trabajo. ¡Oh, Dios! Cuando lo cuente no me lo van a creer. ¡Atropellé a Ralph Endicott! Ralph sonrió con labios cansados.
—Debes darte por satisfecha, linda. Hasta te han dado un bocadillo. Hay muchos que se vuelven viejos esperando que les tiren un diálogo. —La pelirroja se alejó con dramáticos cimbronazos de nalgas. A pesar de todo, Ralph sintió como una bruma de orgullo creciendo en su pecho. Aquella chica hablaría de él, seguramente, cuando todo hubiese pasado.
El coche comedor era el próximo vagón.
Larsen tomaba una cerveza con el fumador solitario. Los espió desde el vidrio de la puerta sin saber qué hacer. Si supiera la razón por la que me quieren liquidar. Por Dios, sólo la punta del hilo para saber hacia dónde carajos va todo esto.
Los ojos de Endicott tropezaron con uno de los pasamanos adheridos a los costados de la puerta del pasillo. Era de metal macizo y estaba casi desprendido. Echo una ojeada hacia el interior del coche comedor. Todo en orden. Larsen gesticulaba, ampuloso, frente al fumador solitario. Los vasos todavía contenían cerveza.
Le costó. El soporte ya era una manteca, pero como el remache estaba aplastado la cosa no fue fácil. Cedió con un clac y el pasamanos quedó, pesado y brillante, en el puño de Ralph. Sintió que tragaba lava hirviente. Oleadas rojas de calor le arrasaban las mejillas, el cuello, las axilas. La tarde había empezado a decaer. Ralph temblaba. Larsen llamó al mozo y pagó con unos billetes enormes y viejos. El tren había aminorado la marcha.
Vamos, Medina, estamos llegando, dijo Larsen. El fuma­dor solitario miró hacia afuera y dijo –como si oliera un mal perfume–: Me preocupa en qué lo vamos a llevar. Vos, tranquilo, dijo Larsen, nos están esperando en la estación.
Las primeras casas pasaban dóciles y calladas a los costados de las vías. Medina avanzó mientras Larsen, detrás, dejaba caer un billete de propina sobre la mesa.
El primer golpe de Ralph dio seco contra el hombro de Medina. El segundo estalló en la cara con un ruido húmedo de huesos rotos. Bañado en sangre, Medina resbaló de espaldas por la escalerilla y voló como una bolsa de papas fuera del tren. Cuando Larsen levantó los ojos, la descarga de metal le llegó al cuello. Gimió, rodó, chocó y se detuvo contra las patas de uno de los asientos del comedor. Ralph, jadeante, con el pasamanos ensangrentado basculando en su brazo derecho, miraba a Larsen, estupidizado por el terror: Larsen había quedado fuera de su alcance. La mano regordeta sostenía la pistola.
Ralph se arrojó al piso: el primer balazo le rozó la oreja. El segundo, un estruendo que se multiplicó en el pasillo, se incrustó en la puerta. Larsen se había reincorporado. Más gordo y enorme, disparó nuevamente. La rodilla de Ralph no encontró el piso: lo chupó una sensación de vacío mientras sus costillas crujían. Fue el vértigo lo que impidió que Ralph supiera que estaba viajando por el aire. Cuando abrió los ojos, casi en el momento de rebotar contra el terraplén, vio a Larsen, perniabierto, llenando de estampidos el atardecer, al compás lento y traqueteante del tren entrando en Resistencia.


Epílogo

Dio volteretas, tragó pasto, rebotó y resbaló hasta aquietarse en un pastizal. Antes de desvanecerse, creyó que su cuerpo era una vidriera hecha añicos. Se movió, y el perro que lo estaba olisqueando retrocedió para después marcharse con un trote desconfiado. Le costaba respirar. Era como tener una aguja para coser colchones ensartada entre las costillas. Ralph, se dijo, Ralph Endicott, muchacho, lo lograste. La noche empezaba a insinuarse entre los rayones malva y añil que esfumaban el cielo.
Estuvo ocupado en pararse unos diez minutos. Los dolores eran como campanadas que resonaban en su cráneo. Todo era campo, silencio, árboles y dos casitas lejanas. Las evitaría.
La idea era alcanzar una carretera, hacer dedo y huir lo más lejos posible. Larsen — pensó—, ya no nos veremos más. Y sonrió entre punzadas.
Se preguntó cómo seguiría todo en el tren. El mundo conforme, se dijo, Larsen, yo y ese escriba que lo tramó todo. Mi caída del tren bien puede pasar como mi muerte.
Con el brazo izquierdo apretándole las costillas rotas, Ralph comenzó a caminar. Cada paso era una llovizna de alfileres sobre su cuerpo. Un aguijonazo lo paralizó, lo obligó a cerrar los ojos y contener la respiración. La espalda y la cadera parecían haber soportado el paso de toda la infantería de marina de los Estados Unidos. Abrió los párpados de a poco. La luz era dificultosa. A Ralph le costó creer en lo que veía.
Las casitas lejanas habían desaparecido y ahora, a pasos de su encogido cuerpo, cruzaba una rata, tensa, vacía. A un centenar de metros, una excavadora mecánica hurgaba la tierra con su estruendosa pala. No podía asir un solo pensamiento, una sola idea. Esa transfiguración lo atemorizaba. Se llegó hasta el borde del pavimento.
Las luces de un vehículo crecían lentamente, plateando la ruta. Fría y tierna, la noche se espesaba. Oscuridad sin luna. El auto disminuyó la velocidad hasta detenerse junto a Ralph. — ¿Necesita ayuda, amigo? —dijo una cara con anteojos—. Lo puedo llevar, viajo al sur, hasta Rosario. Ralph vaciló: ladeando el rostro, con ojos rápidos recorrió el interior del auto buscando sombras, siluetas de otros hombres. Buscando a Larsen.
—Pero, usted está golpeado —exclamó la cara con anteojos—. ¿Qué le pasó? Vamos, suba, viejo, usted necesita que lo atienda un médico.
Los temores de Ralph y Ralph mismo ascendieron al auto azul plomo, algo desvencijado. Era un Di Tella 1500.
Cara-con-Anteojos ahora tenía una frente y una barba. Era pelado, respiraba por una nariz vagamente levítica y parecía habituado a una práctica compulsiva de la serenidad; uno de esos tipos que pueden estarse horas haciendo citas literarias. Llevaba adherida también una sonrisa retórica, absolutamente prescindible.
Ralph se acomodó con cuidado en el asiento pero no pudo evitar la descarga de dolor sobre el costado. Se echó hacia atrás tratando de respirar sin hundir el diafragma en las púas de sus costillas. Cara-con-Anteojos había dejado una mano apoyada en el volante. La otra aferraba una pequeña automática del 38. Apuntaba, recta, al pecho de Ralph.
— ¡Hey! ¿Qué pasa, amigo? —Ralph percibió un sudor helado, palúdico, en la frente y la barbilla.
El ruido de la excavadora creció, empujado por el viento.
—Muy simple, pero primero vayamos a las presentaciones —dije—. Soy el escritor que te contrató para un cuento en el Chaco: Erdosain, confitería Las Violetas, ¿te acordás? Bueno, hasta allí todo bien. Pero sucede que el veterano Ralph Endicott es un tipo muy listo. Se las sabe todas y descubre que está por ser liquidado en un cuento. ¿Y qué hace Ralph Endicott? Se las amaña para fugarse de la trama aun cuando se le ofrece la gran ocasión de protagonizar un texto. ¿Eh, Ralph? ¿Hasta ahí vamos? Ralph Endicott, entonces, despedaza la cara de Medina, le amoretona el cuello a Larsen, cae del tren por accidente y lo echa todo a perder. Adiós cuento, me dije. Pero después recapacité: rehice el terreno, porque yo necesitaba una ruta para tentarte con un auto. Y acá estamos. Soy un tipo muy quisquilloso como para soportar una trastada como la tuya, Ralph. Me tiran de sisa los desagradecidos y eso empeora mi mal humor. No será muy ortodoxo como recurso pero tengo que hacerlo de esta forma. Vos me obligaste, Ralph. No será en el tren, será aquí. Algo es algo.
Y abrí fuego aprovechando que la excavadora rugía y levantaba su brazo cargado de tierra, piedras y estiércol.